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| Miguel
Ángel de Gregorio, en el pago Calvario, que
nombre a uno de los vinos de Finca Allende. / FERNANDO
DíAZ. |
Personal
Criado en la viña: Miguel Ángel de Gregorio
es hijo de agricultor. Se crío hasta los 14 años
en Marqués de Murrieta, la que aún hoy,
denomina ‘la casa’. Se estableció
en en Briones, donde con su hermana dirige Finca Allende. |
Textos: A. Gil
Miguel Ángel de Gregorio no oculta su pasión
por la Borgoña. Fue pionero en desarrollar en España
los vinos de paisaje (palabra castellana que más
se asemeja al terroir francés). Eran años
en los que apostar por los viñedos, por los pagos,
era ir contracorriente, contra la extendida idea, y errónea
como han demostrado posteriormente un notable grupo de elaboradores,
de que el éxito de Rioja se debía a los coupages.
Hoy, en apenas 25 hectáreas en Briones, cultiva ocho
pagos diferentes de donde salen los vinos de Finca Allende,
con el microclima local y las variedades autóctonas
como principal argumento. Asegura no conocer el plan estratégico
de Rioja más que por la prensa, pero conoce los mercados
británico y americano, donde, recuerda, «ni
un solo vino de más de diez dólares utiliza
la variedad en su etiqueta».
– ¿Qué buscaba y qué encontró
en Briones?
– Llegamos a Briones en 1986 y encontramos terroir,
es decir, vinos que proceden de un mismo viñedo con
unas características de clima, de suelo, de vegetación,
de exposición... singulares. Briones tiene suelos
diferentes a los de los pueblos de alrededor, con una historia
increíble, ya que en el siglo XVIII era el municipio
que más uva y vino producía de toda La Rioja.
Luego, llegó la filoxera y el viñedo casi
desapareció. Cuando nosotros llegamos aquí
nos encontramos con un viñedo muy viejo. No había
habido la renovación vitícola que hubo en
los años 70 en Rioja. La riqueza de terroir convertía
a Briones en una pequeña Borgoña. Empezamos
a estudiar cada pago para sacar lo mejor de cada uno de
ellos y seguimos haciéndolo hoy en día, ya
que nos quedan unos 40 ó 50 años para seguir
aprendiendo antes de hacer grandes vinos.
– Eran años de crítica hacia Rioja por
supuesto inmovilismo. ¿Hacían falta movimientos
en ese sentido?
– Rioja fue, en un muchos casos, injustamente criticada.
No sé si necesitábamos regenerarnos o no,
pero sí que en aquellos años era mucho más
difícil tener éxito mediático en Rioja
que en cualquier otra zona. Cualquier vinito en zonas desconocidas
servía para que determinados críticos te subieran
a los altares. Sin embargo, hacías un gran vino en
Rioja y tenías que irte a Nueva York para que te
lo reconocieran. Todo es consecuencia de la historia. A
partir de los años 70, Rioja se abre a los mercados
gracias a la llegada de compañías vascas,
jerezanas y multinacionales. Eso fue muy positivo para nuestro
desarrollo económico y social, pero, al igual que
ocurrió en el siglo pasado con la llegada de los
bordeleses, lo que buscaban esas compañías
era un vino homogéneo que obtenían gracias
al coupage. Ello hizo que el concepto terroir desapareciera
y se apostara por un vino fácil de beber, ensamblado
y agradable al consumidor. Lo que ocurre es que 20 años
después el modelo llega a cansar. Un sistema tan
bueno como el de crianza, reserva y gran reserva, singularísimo
en los años 70, se estaba utilizando mal, no por
todos, pero sí por una minoría y en muchos
casos de fuera de Rioja. El modelo sirve para el consumidor
poco informado, pero no para el consumidor mundial al que
le importa la calidad del vino, no el apellido.
– ¿Se metió injustamente entonces en
el mismo saco a los grandes elaboradores clásicos?
– Se equivocaron las cosas. Los grandes clásicos
de Rioja no sólo eran grandes vinos entonces, sino
que los son también hoy. Los grandes vinos de aquí,
de los años 40 y 50, es decir, antes de adaptarnos
a ese modelo comercial, eran grandiosos. Son únicos
e irrepetibles y forman parte de nuestro patrimonio enológico,
vitícola y cultural al cual no debemos renunciar.
Lo que nosotros intentamos hacer ahora es redescubrir y
actualizar esos orígenes. Nosotros hemos identificado
los terroir de Briones gracias a los viejos del pueblo,
que eran quienes sabían donde estaban. En Rioja caben
los grandes clásicos y los vinos innovadores. Hubo
un momento en que se quiso denostar la diversidad por un
mal concepto de tipicidad. Para mí, tan típico
es un clásico como un vino innovador. Algunos acuñaron
entonces aquella palabreja de la alta expresión.
¿Quién puede decir que un Viña Tondonia
blanco de 1964 no es de alta expresión? Bajo esa
palabra se cobijaron vinos que no tenían gran nivel,
pero que iban en un botella pesada, una etiqueta pequeña
y un precio mucho más elevado que antes.
– Entonces usted no era considerado nada ‘típico’
(de tipicidad). ¿Qué opina de las variedades
foráneas propuestas ahora por el plan estratégico?
– Sólo sé lo que ha salido en la prensa.
Me parece fenomenal que se haga un plan estratégico.
Ahora bien, el tema de las nuevas variedades es un debate
trasnochado. A estas alturas, creo que todos deberíamos
tener claro que tenemos una especificidad de variedades,
suelos y climas que nos permite triunfar en los mercados
y nadie en el mundo va a ser capaz de reproducir. Rioja
es una tierra generosa, límite para el cultivo del
viñedo, que es capaz de dar una riqueza de matices
como las variedades tradicionales como en ningún
otro sitio del mundo, y yo las elaboro en otras zonas españolas.
Nos sería muy difícil competir en coste de
producción con zonas como Castilla La Mancha y además
nuestra climatología no nos permite ir a los mismos
rendimientos que en zonas con mayor insolación.
– ¿Aportarían algo estas variedades
francesas?
– Es posible que sean genéticamente más
fuertes que las nuestras, pero no tienen las peculiaridades
y la riqueza de matices en estos suelos. Es cómo
querer reescribir la quinta sinfonía de Bethoveen,
cuando sólo puede haber una y maravillosa. Sería
mejor preocuparnos de cuidar la orquesta para interpretarla
magníficamente en cada concierto.
– ¿Cuanto vale la singularidad?
– Para mí, la singularidad de Rioja lo es todo.
– Usted conoce los mercados internacionales. ¿Existe
cierto hartazgo de estas variedades como merlot o cabernet?
– Ningún gran vino del mundo pone la variedad
en la etiqueta. La variedad se utiliza nada más en
los vinos de bajo precio, lo importante es la marca. Por
debajo de los 10 dólares sí se pelea con variedad,
pero el modelo monovarietal se está cuestionando
hoy claramente en el mundo. En Méntrida elaboro monovarietales
y la experiencia comercial que tenemos es que el merlot
y el cabernet están pasados de moda. Vivimos bajo
el imperio de la syrah desde hace dos años y pronto
empezará el de otras variedades. De hecho, el propio
plan estratégico australiano cuestiona el dominio
de la syrah. La gran ventaja del tempranillo es la riqueza
de matices que da en Rioja y no en otros sitios, por lo
que es muy difícil de reproducir.
– ¿Le parece una apuesta acertada el enoturismo?
– Sí. El enoturismo puede ser básico
para desarrollar socialmente este territorio, como lo fue
en su día el pacto entre caballeros para el embotellado
en origen. La Rioja es lo bastante amplia y con un modelo
de bodegas lo suficientemente variado para atender varios
tipos de enoturismo. Hace falta una buena señalización,
una buena política y una buena planificación.
Tenemos el modelo ridículo de Napa Valley, que es
el Walt Disney del vino donde nada es cierto, y en el otro
extremo el modelo de Borgoña, donde todo es elitismo.
Hay ahora mismo en Rioja iniciativas maravillosas como la
de Muga, la de Puelles en Ábalos o la de Pedro Vivanco
en Briones, pero sería un error no armonizar las
distintas visiones. Debemos atender tanto el autobús
de jubilados como al consumidor americano de gran poder
adquisitivo porque el enoturismo también es viñedo.
La arquitectura no hace un buen vino, sino la viña.
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