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| Vino y religión

Culto divino

El vino y el hombre han caminado de la mano y en buena armonía a largo de toda la historia de la Humanidad.

Museo Dinastía Vivanco
Una de las salas del Museo Dinastía Vivanco dedicadas al vino en la Historia. / F. DÍAZ

Textos: C. Somalo

El vino se ha convertido en un elemento utilizado en la simbología de todas las religiones. Venerado por el hombre ha sido, y es, un elemento embriagador, un alimento, fuente del éxtasis y las experiencias místicas, de todas las facetas agradables de la vida. Por ello, siendo así, la analogía fisiológica vino-sangre ha terminado asimilada por todas las creencias como una aproximación a la divinidad.
La vid fue, sin duda, una de las primeras plantas que acompañó al hombre en su periplo vital. Los clásicos escribieron después que el vino fue un elemento civilizador. El uso del vino ha protagonizado actividades rituales de la vida cotidiana y se ha sacralizado, adquiriendo un sentido en las fiestas religiosas más importantes de distintos pueblos y civilizaciones.

Centro de todos los ritos
En la Historia de las religiones del Oriente Medio, desde los sumerios, arcadios y egipcios, hasta judíos, griegos y romanos encontramos siempre la misma asociación entre el vino y la religión.

La sangre y el vino han sido y son portadores del espíritu, de las almas, de lo más próximo a los dioses, a la divinidad, en todos los rituales religiosos, en los sacrificios de animales, doncellas y guerreros, en los ritos funerarios...
Sangre y vino se han fundido siempre, en armonía, tienen idénticas raíces y la misma simbología mística. Los pueblos ‘bárbaros’ devoraban a sus enemigos y bebían su sangre para acrecentar su capacidad guerrera.

En otra mística más cercana y actual (sangre-vino, espíritu y proximidad) levantamos una copa para realizar un brindis.

Mitología sagrada
Los mitos del vino son sagrados. Las primeras referencias del cultivo de la vid en Egipto proceden de 4.000 años A. de C. y en la zona del Caspio y Mar Negro están datadas más de 3.000 años a. de C.

La epopeya de Gilgamesh, escrita en 1800 a. de C., narra la historia de un héroe de Babilonia que entró en el Reino del Sol y se encontró con un viñedo conformado por piedras preciosas y bebió de aquellas uvas. Tutankhamon, de la Dinastía XVIII (1543-1292 AC), el faraón egipcio cuya tumba descubrió Howar Carter, debió conocer los vinos tintos y blancos, según los hallazgos más recientes de las ánforas de su tumba. La Torá, el Antiguo Testamento de nuestra Biblia recopila numerosísimas alegorías al vino («Plantarán viñas y beberán el vino de ellas» (Amós 9:14). Fenicios, griegos y cartagineses expandieron el cultivo por todo el orbe mediterráneo.

La mitología griega de Homero y los textos de otros clásicos reflejan la importancia del vino en el comercio de la época. El viñedo y el vino fueron un recurso necesario y fuente de riqueza y culto en todas sus colonias.

Dionisio liberaba el espíritu pero la fruta de la vid acompañaba a los muertos en su viaje al Más Allá y a los vivos en sus ofrendas a los dioses del Olimpo con leche, aceite, perfumes y, por supuesto, vino.

Los romanos, como los griegos a Dionisio, adoraron al dios Baco, llevaron consigo las vides por todo el Mediterráneo y popularizaron el vino. El culto a Baco, las bacanales como fiesta de los poderosos con la plebe conformaron el rito precursor de nuestros carnavales, de la fiesta de la orgía, el desenfreno y la carne.
El cristianismo hizo del vino un elemento necesario e imprescindible en su liturgia. La nueva religión del Imperio surgida entre los judíos hizo desaparecer los sacrificios pero conservó el vino como elemento de aproximación a Dios. «Sangre de mi sangre...» es la historia de una de las alegorías de la Última Cena más referenciadas del orbe católico.

Los pueblos bárbaros que invadieron Occidente repitieron con el tiempo los ritos iniciáticos de los vencidos. Y cuando se sumaron al Cristianismo, asumieron sin ambajes su culto y simbología.

La viña y el vino continuaron extendiéndose en la Edad Media después de que lo preservaran monjes y monasterios y lo protegieran algunos reyes. Entonces, como hoy, entre los religiosos, se armaron guirigais varios sobre el color de los vinos para la liturgia. Blancos (para no manchar) o tintos, con y sin agua, claretes u ojo de gallo.
Algo parecido seguimos debatiendo hoy.


     LA HUERTA DEL SEÑOR
La historia de las religiones judeocristianas sería inimaginable sin el vino. El vino, como escriben algunos rabinos sefardíes, es la ‘major mediquería’ (mayor medicina). Ya se sabe: «En el lugar donde no hay vino hay necesidad de mediquerías», que viene a ser lo mismo que «en el lugar donde no hay vino hay necesidad de medicinas». Algunos han ido tan lejos en la interpretación de la Biblia, nuestro tronco común, que han identificado el Árbol del Bien y del Mal, con una viña...

Al margen de interpretaciones, la liturgia judía que heredamos los cristianos establecía la obligación de beber cuatro vasos de vino en la Cena Pascual; las bendiciones de la fiesta del Sabat, que luego fueron en domingo cristiano, se realizan sobre una copa de vino; las bendiciones de las bodas... Todo, lo fuimos heredando y transformando porque, como puede leerse en la Torá, «el vino que alegra el corazón del hombre hace alumbrar más luces que el aceite».